
EL TIEMPO
El concepto de tiempo ha sido uno de los más debatidos en la historia. Para Aristóteles, el tiempo es "el número del movimiento según el antes o después"
. Tal definición, para muchos, representa la expresión más perfecta de una de las concepciones más influyentes acerca del tiempo, la "que identifica al tiempo con el orden mensurable del movimiento", es decir, con el orden de sucesión, o lo que en la actualidad llamaríamos el "tiempo lineal", un tiempo que avanza progresivamente determinando la acción humana a ritmo del reloj y al cual se debe atender con atingencia, aprovechándolo productivamente, no dejándolo pasar, y al que le es necesario siempre un criterio administrativo para su uso exitoso. Distintos pensadores dieron seguimiento a esta idea aristotélica básica sobre el tiempo, y fue una de las fuentes de las que abrevaron teorías como la de Newton y Einstein.
Por otra parte, enfrentada a la idea de Aristóteles y sus seguidores, fue desarrollándose una concepción totalmente diferente, la que, con distintos matices, ha sido expresada como intuición del movimiento o "devenir intuido". Hegel sostenía que "el tiempo es el principio mismo del Yo=Yo, de la pura conciencia del sí"; luego otros como Bergson y Husserl, desarrollaron una serie de elaboraciones para fundamentar su postura. Por ejemplo Bergson al enfrentarse al concepto científico del tiempo, critica a éste como una "línea inmóvil", por lo que, para él, el tiempo debe ser concebido como movilidad, como lo que se hace, como aquello por lo cual se hace todo, y que tiene carácter de proceso continuo de creación. Husserl por su cuenta nombra al tiempo como fenomenológico y le caracteriza con el hecho de que toda vivencia real es una vivencia que dura, y toda duración se inserta en un continuo sin término de duraciones, un continuo "lleno"; dicho de otra manera, toda vivencia puede empezar y terminar pero la corriente de las vivencias no empieza ni finaliza; así, la corriente de la experiencia conserva todo y es una especie de eterno presente. Un antecesor de ambos autores, San Agustín, había apuntado tal concepción en el teorema: "No existen propiamente hablando tres tiempos, el presente, el pasado y el futuro sino sólo tres presentes: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro."
No obstante, la concepción aristotélica ha sido predominante en las culturas de la civilización occidental, al grado de convertirse en una de sus ideas guía, perdurando, aún hoy, como la expresión cuantitativa de los cambios de cuya intensidad y durabilidad dan cuenta las implacables manecillas del reloj. Pero, por otro lado, si bien esa concepción hegemónica ha orientado infinidad de reflexiones y elaboraciones de filósofos, científicos y demás; fue Aristóteles mismo quien introdujo en su época la discusión acerca del dilema de la objetividad y subjetividad del tiempo, llegando a concluir que "si por un lado el tiempo como medida no puede existir sin el alma porque sólo el alma puede medir, por otro lado, el movimiento al que se refiere la medida no depende del alma". Así, Aristóteles, abrió la posibilidad de un tratamiento relativista de las interpretaciones del tiempo.
De la misma manera, otra de las más influyentes posturas entre los filósofos de la modernidad, elaborada desde las conceptualizaciones de Kant, versa acerca de esta doble significación, es decir, para Kant el tiempo "es objetivo y real con respecto a las cosas naturales, para las cuales el tiempo tiene 'realidad empírica' indudable... El objetivismo de la concepción kantiana es demostrado... por la reducción del tiempo al orden causal..."; pero, a la misma vez, por otra parte, existe en Kant una mirada "subjetivista" del tiempo en tanto lo considera, junto con el espacio, como uno de los principios necesarios y universales de "la intuición pura", dado por la sensibilidad, condición formal a priori de todos los fenómenos y, por tanto, de cualquier percepción sensible, es decir, "puede llamarse 'subjetivo' sólo con respecto a las cosas en sí que se encuentran más allá de la consideración del hombre". Dice el propio Kant en la Crítica de la Razón Pura que el tiempo; "es ley necesaria de nuestra sensibilidad y, por lo tanto, condición formal de todas las percepciones que el tiempo precedente determine por necesidad al siguiente.".
En esta situación de confrontaciones nada estériles entre distintas concepciones acerca del tiempo, en las que a la postre cada una de ellas ha acentuado la mirada objetiva o subjetiva al respecto, podemos estar abiertos a considerar elementos de ambas interpretaciones, en la idea de construir el significado propio que nos ayude a explicar y comprender algunos aspectos de la complejidad de la vida escolar en la actualidad. Estamos de acuerdo, pues, con la idea de que efectivamente el tiempo vive paradójicamente entre la objetividad y la subjetividad:
a) Su objetividad puede ser entendida como la sucesión de acontecimientos posibles de ser conocidos y mensurables, (como los ciclos de acercamiento o alejamiento de la Tierra al Sol, los ciclos que dan por resultado las estaciones, los tiempos de lluvias o secas para las cosechas, el día y la noche, las mareas altas y bajas, la menstruación en las mujeres, los ciclos de nacimiento-desarrollo-muerte de muchas de las especies vegetales y animales, etc.) Podría argumentarse que tales ciclos conocidos por el hombre, refieren e interpretan determinados rasgos del medio ambiente que se van presentando en la interacción del hombre con él, y que son, por consiguiente, construcciones sociales e históricas que indican una convención pactada, intersubjetiva. El calendario chino, el maya, el azteca, con todos sus complejos símbolos y significados, son ejemplos de las construcciones particulares que se han hecho en cada sociedad, aunque también muestran ciertas semejanzas con el calendario occidental de uso actual. Lo anterior es cierto, el tiempo es una construcción intersubjetiva, pero surge en una relación dialéctica con el medio natural y social en el que se desenvuelve. Además, es evidente que toda construcción intersubjetiva del tiempo, como parte importante de la cultura de las distintas sociedades, al reconocerse, compartirse y adoptarse como dada o impuesta objetivamente, estructura el pensamiento y la acción de los hombres. La escuela actual es precisamente, desde esta dimensión, una agencia de imposición de la cultura de la sociedad, de tal forma que cuando el niño o el joven acceden a ella, existe ya un mundo simbólico previo que les permite orientarse y adaptarse a esa estructuración simbólica. Ese universo cultural con su carga de significados y lleno de encargos sociales para cumplir su misión, ha ido perfeccionado una distribución del tiempo como dispositivo de control, que somete a profesores, estudiantes y padres de familia a moverse con un cierto ritmo y a realizar la tarea que se le ha encomendado a cada uno con la calidad e intensidad programada.
b) Por otra parte y a la misma vez, podemos reconocer una dimensión subjetiva del tiempo, entendida como la vivencia propia de cada persona, la manera particular como procesa cada uno, en sí, las cosas del mundo, es decir, para esta dimensión "el tiempo es subjetivo, vivido, tiene una duración interna que varía de persona a persona. El sentido interno...puede estar en contradicción con el tiempo de reloj y, en comparación con él, puede 'volar' o 'alargarse'."Así, esta dimensión subjetiva, puede atentar contra las formas impuestas de relacionarse socialmente, las cuales someten a la gente a cumplir las tareas encomendadas a partir de dispositivos de control como el tiempo programado y administrado, sobre todo en las organizaciones e instituciones que han sido codificadas precisamente para normalizar y controlar a los sujetos, como la escuela. Por ello, se pueden encontrar en las escuelas distintas voces de profesores que sostienen que el tiempo "es suyo" y que "pueden hacer con él lo que quieran", o bien a aquellos que sostienen que "el tiempo lo construyen entre todos", pero que "otra cosa es lo que determinen las autoridades", o bien, a aquellos que reconocen la necesidad de respetar "sin chistar" los tiempos que institucionalmente han sido establecidos para ellos. También podemos encontrar a alumnos que prefieren que la clase ya no sea de una hora, sino de dos a cuatro de duración, "dependiendo si el maestro incorpora dinámicas a la clase para hacerla agradable", etc. O sea, más que una visión de "aprovechar el tiempo" como prescriben las distintas perspectivas técnico-burocráticas con sus cargas obsesivas por la velocidad; desde la dimensión subjetiva, fenomenológica, se pretende "estar en el tiempo y no contra el tiempo", lo que la hace coincidir con distintas miradas estéticas de la profesión docente, en el sentido de disfrutar la creación del acto educativo paso a paso, como una creación propia que permite la autorrealización en el proceso de darse a los otros.
LA ESCUELA Y EL TIEMPO DE LA MODERNIDAD
La escuela que conocemos hoy, surgió en el proceso mismo de constitución de la modernidad, época que si bien puede ser establecida a partir de ciertos hechos históricos, principalmente se diferencia de las épocas anteriores por una manera nueva y especial de mirar el mundo. La cosmovisión de la era de la Modernidad, muestra un severo rompimiento con la manera religiosa de interpretar la vida, propiciando formas diversas que van constituyendo un modo científico de ver la realidad a partir del monopolio de la razón para el ordenamiento de las cosas del mundo, así como de recuperar el protagonismo del hombre en la construcción de su propia historia y de plantearse dominar a la naturaleza a través de conocer y transformar los fenómenos desde las incesantes revoluciones tecnológicas. Así podemos encontrar junto al silbato de las fábricas que indicaban la hora de inicio y de término de la jornada, cómo en las grandes catedrales sobresalían sendas maquinarias de reloj, que en ciertas horas activaban el sonido de las campanas; relojes de una sola manecilla, no tanto para medir segundos, sino para marcar el paso del tiempo por horas. No en balde para Comenio los descubrimientos del reloj y de la tipografía representaron dos aspectos fundamentales que apoyaron sus propuestas de organización de la vida escolar y de los procesos de enseñanza aplicados en su internado y explicados en su Didáctica Magna. Todos esos acontecimientos de los siglos precedentes, dieron entrada en el siglo XIX, con la aparición del reloj individual, a una manera más íntima y particular de asumir la cotidianeidad, por lo que junto a las mediciones de las grandes zancadas del tiempo social, se engarzó y afianzó el impulso al individualismo liberal. Finalmente, en las postrimerías del siglo XX, las propuestas y estudios sobre la administración científica del trabajo, dispusieron de una forma nueva para codificar los tiempos y movimientos de la actividad fabril, precisamente en la etapa del surgimiento de las grandes empresas industriales que generó un conjunto de cambios culturales y educativos en el mundo entero, con repercusiones de largo alcance en la vida total del siglo que ahora ha empezado a morir.
En ese proceso, la institución escolar se planteó en principio servir a la lucha por la liberación secularizadora y, posteriormente, se le asignó la tarea de ayudar a controlar al individuo una vez que la nueva época, paulatinamente, consolidó su presencia en el transcurso de los siglos XVIII, XIX y XX.
Para el caso mexicano ese proceso de inserción en la Modernidad, que aún no concluye, experimentó un largo proceso convulsionado de lucha por la independencia nacional respecto a España, Francia y Estados Unidos, y de constitución del nuevo Estado Nacional en medio de disputas internas entre distintos grupos por la conducción del país. En ese marco, la escuela se pudo consolidar como realidad institucional al servicio de los proyectos modernizadores con cobertura nacional, y ya no sólo como demanda legal, hasta pasada la revolución mexicana, precisamente en la época obregonista y bajo la conducción centralista de José Vasconcelos. Sólo que sus tareas, con ser originalmente las de la emancipación de la razón, la igualdad, la libertad, la justicia y el progreso, fueron paso a paso distorsionándose hasta pervertir sus finalidades, contenidos, métodos, normas, relaciones con el entorno, de tal suerte que, sobre todo a partir de 1940, la escuela se evidenció como un instrumento de dominación política, ideológica y cultural.
En este devenir, hoy podemos contemplar la manera en que el universo simbólico de la institución escolar ha codificado con mayor rigor su actividad, ha hecho un conjunto de disposiciones del espacio físico, que conlleva evidentemente una perspectiva política y cultural; ha dispuesto un currículum determinado cuyos elementos de conocimiento están envueltos en una concepción legitimada de saber y de ciencia; ha seleccionado y colocado a los estudiantes de acuerdo a ciertos criterios evaluadores en grupos y niveles; ha establecido reglamentos y formas para guiar los procesos de evaluación y acreditación; ha establecido espacios y tiempos para los rituales cívicos; ha delineado ciertos rasgos de la estructura laboral y de las relaciones entre el personal escolar; ha creado una imagen social de las profesiones; ha dado preferencias a ciertas materias; ha reforzado la vigilancia, perfeccionado los reglamentos disciplinarios, ha reordenado una escala de valores; intensificado el trabajo docente, burocratizado la organización de la escuela y establecido una distribución de horarios que fraccionan, aíslan y desarticulan el funcionamiento escolar en la idea de que los planes y programas de estudio sean administrados eficazmente para lograr que cada uno realice eficientemente las tareas que se le han asignado.
EL TIEMPO Y EL TRABAJO DOCENTE
En tales condiciones, la organización, distribución y administración del tiempo escolar se mueve entre dos aguas: por un lado, los avances y posibilidades dados por la cultura de los alumnos y profesores, de sus necesidades e intereses, de sus ritmos e intervalos; y por otro, los ritmos que apuradamente promueven las distintas instancias del sistema educativo y social, a partir de la percepción que se han dado de las rápidas elaboraciones y descubrimientos científicos y tecnológicos que se suceden uno a uno a cada momento en los principales centros de saber-poder regional y mundial y que deja atrás de igual forma, por obsoletos, los conocimientos precedentes.
Ahora la comunicación por satélite, Internet, la teleinformática, y otros medios y formas de la comunicación mundial, han acortado las distancias y los tiempos del discurso, y están creando confusión entre los docentes acerca de la importancia social de su profesión y, por lo tanto, están obligando a una reconceptualización del tiempo y el espacio en la sociedad y particularmente en las escuelas.
El saber se ha constituido como el cuarto factor, junto a los aspectos tradicionales (capital, trabajo y recursos naturales), para generar los procesos automatizados de producción de mercancías, pero ahora el conocimiento se ha convertido en el factor fundamental, y su producción y circulación son altamente valorados en las sociedades contemporáneas. Esa valoración económica se lleva a cabo no a la manera de una mercancía material, como bienes y servicios, sino como un valor que se hace cada vez más intangible y por lo tanto inconmensurable, no sometido directamente a las reglas de la producción industrial, ni a las leyes de la oferta y la demanda clásicas del capitalismo, pero que paradójicamente sirven a ellas. El valor-conocimiento, es transitorio, inestable, basado más en la subjetividad social relacionada con las modas, con la persuasión de la publicidad para convencer al público a que tome decisiones de consumir, que por los costos de su creación. Tal valor del saber, "es como una estrella fugaz que resplandece intensamente mientras atraviesa el "campo" o atmósfera de circunstancias sociales y subjetividades que le permiten su incandescencia. No tiene una relación absoluta ni necesaria con el costo de su creación porque nace de un conjunto de variables muy fluctuantes...algo que ha alcanzado un valor elevado porque representa una espléndida y nueva tecnología perderá de inmediato su valor cuando otra tecnología la deje atrás". El cambio a velocidad de vértigo, nos hace perder el sentido del conocimiento y...de la vida.
No obstante, el conocimiento que se enseña en las escuelas, se ha convertido en una preocupación para todos, sobre todo para los profesores, de los cuales, muchos, al sentirse angustiados por que el conocimiento que enseñan es viejo y obsoleto y ya no impacta a los estudiantes, han pretendido "ponerse al día" a través de los programas de "actualización" que las instituciones organizan para ellos, y siempre jalados por la lógica de los puntajes que lleva inmanente la carrera magisterial en el caso de los profesores de educación básica o de las becas al desempeño docente que se implementan en algunas instituciones de educación superior, se dan a la tarea de actualizarse, perdiéndose en la velocidad de la información.
Esas preocupaciones por actualizarse se convierten en la obsesión por adquirir un status superior al poseer un saber que pueda ser palanca de competitividad, de modernización, de capacidad para lograr alcanzar la velocidad suficiente para insertarse en la disputada marcha ascendente de las exigencias de la moda en el libre mercado, de la globalización económica y del nuevo discurso de las políticas oficiales para la educación extraídas de los discursos importados de organismos internacionales (como los de la OCDE, del Banco Mundial, de la UNESCO, la CEPAL) que regulan, con todo y sus diferencias, de muchas maneras, los rumbos de la educación. A los profesores no les queda otra y han tenido que marchar al ritmo de esas exigencias, lo que los convierte en presa fácil de los procesos de burocratización de su trabajo, de la intensificación de las jornadas, de la pérdida del sentido de su actividad, de la descalificación de su profesión. No son ellos quienes planifican e implementan su labor en forma autónoma. Quienes planifican, generalmente, desde otro lugar que no es el suyo y que administran, regulan y vigilan sus tareas y ritmos de trabajo son sujetos extraños a las tareas específicas propias de su profesión.
"El empleo del tiempo -nos dice Foucault- es una vieja herencia. Las comunidades monásticas habían, sin duda, sugerido su modelo estricto... establecer ritmos, obligar a ocupaciones determinadas, regular los ciclos de repetición... El tiempo medido y pagado debe ser también un tiempo sin impurezas ni defecto, un tiempo de buena calidad, a lo largo de todo el cual permanezca el cuerpo aplicado a su ejercicio. La exactitud y la aplicación son, junto con la regularidad, las virtudes fundamentales del tiempo disciplinario."
Exactitud, aplicación y regularidad que más puntualmente se desenvuelven cuanto mayor es el grado de internalización de tales "virtudes" por los profesores. Por eso mismo, en muchas ocasiones, para aquellos maestros que resisten ante tales imperativos "el tiempo es enemigo de la libertad. O así se lo parece a los profesores", quienes lo perciben como una limitante a su labor, o también como el refugio de una justificación ante las presiones de las autoridades (es decir, es mejor decir "no alcanza el tiempo" desde una mirada cronológica, que decir, "requiero revisar mi trabajo para hacerlo de otra manera", desde una mirada más policrónica.
Miguel Ángel Ramírez Jardines.